Por la defensa del Estado laico


La Jornada Jalisco. 26 de mayo de 2008

Por Jaime Hernández Ortíz

El fracaso

El fracaso de la megamarcha convocada por la Iglesia católica para defender la macrolimosna revela, como la punta del iceberg, el tamaño del costo político, moral y de pérdida de creyentes que sufrirá esta iglesia en los próximos años. ¡Ni siquiera respondieron los curas que llevaron a la gubernatura a Emilio González Márquez!

Aunque no lo reconozca el clero católico, la sociedad jalisciense es cada vez más informada, exigente y, por lo tanto, más diversificada. Ahora es más tolerante a otras expresiones religiosas –signo de una verdadera libertad religiosa– y ya no cree tan fácilmente todo lo que le cuentan sus sacerdotes.

Por ello es lamentable que, al estilo de las más viejas usanzas corporativas y clientelares –con cuotas de asistencia y hasta indulgencias plenas–, se haya presionado desde las parroquias a sus creyentes a asistir en procesión hacia el Santuario de los Mártires Cristeros en defensa del limosnazo.

Es más, cuando se difunda la obra en otras latitudes –por aquello del “turismo religioso”– que el santuario es resultado del generoso apoyo del gobierno de Jalisco y un gobernador mentador de madres, la gente no vendrá al lugar y optará por ir a otros lados. El dinero donado, por decirlo de algún modo, por ser público, ya está maldito. “Tu dinero perezca contigo”, le dijo el apóstol Pedro al que quería comprar dones de Dios (He. 8:20), hecho que se llama Simonía aún dentro de la Iglesia católica, y en el campo civil se llama peculado. El clero, a través de su “brazo civil”, o sea el patronato, debería regresar el dinero público. Pero bueno, como son grandes intereses económicos antes que convicciones éticas y religiosas, allá ellos. Con la pérdida de feligresía lo habrán de pagar.

A falta de auténticos personajes comprometidos con la patria y los derechos civiles y políticos propios de un Estado moderno, el clero católico ha ido construyendo historias incompletas y manipuladas de lo que fue en realidad el movimiento cristero.

Rebelión y revuelta 

El movimiento cristero ha sido llamado a veces como “revolución cristera”; pero en realidad no tuvo las características de una auténtica revolución, con fines de democracia, justicia y libertad sociales y de modificación de estructuras. Fue más bien, como dice la historiadora Lourdes Celina Vázquez Parada, una revuelta; y otros investigadores, una rebelión. Fue un movimiento con un aparente respaldo popular –que no siempre hace legítimo un hecho–, con ideales escatológicos católicos y propósitos de franca oposición a las nacientes instituciones de la Revolución y la Constitución mexicana, considerada, en ese entonces, una de las más avanzadas del mundo. Fue en realidad una guerra a la que se pretende maquillar los actos de barbarie, rapiña, inmoralidades y arteros crímenes.

Para Vázquez Parada, Testimonios sobre la Revolución Cristera, la guerra cristera “fue una lucha desigual y fratricida que alcanzó a cubrir tres cuartas partes del territorio nacional con 50 mil creyentes levantados en armas”; que con el paso del tiempo fue descrita por el clero católico y algunos creyentes católicos como: “acontecimientos milagrosos, mezclados con historias de aparecidos y tesoros enterrados. En este ambiente católico, las versiones de los cristeros se magnificaban y aparecían como milagros. Se les comparaba con los primeros cristianos perseguidos por el imperio romano y sacrificaban en los coliseos, escondidos en las catacumbas y entregando su vida por la defensa de la religión… Indiscutiblemente la causa de la guerra fue que Calles mandó cerrar los templos porque quería acabar con la Iglesia católica. A esta visión se añadía, en la conciencia católica del conflicto, una versión triunfalista de la guerra gracias a un milagro; el respaldo y simpatía del pueblo a la causa cristera y el abastecimiento de sus tropas gracias al apoyo popular: el enemigo, el Ejército, se percibía como algo ajeno a la comunidad católica: de fuera, gobiernistas, y se les calificaba de ateos y comunistas”.

Y añade: “A distancia, la Cristiada se percibe como una guerra y gloriosa, pero cuando se la examina de cerca, se nota que se trató de una lucha cruel y confusa que causó mucho sufrimiento”.

Matar con derecho

Según la historiadora Laura Campos, la Liga Nacional por la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR) fue alentada por la jerarquía eclesiástica y por el propio Papa Pío XI, quien bendijo la revuelta cristera (Encíclica Iniquis Afflictisqu, aflicción inicua, 18/11/1926): “Los obispos, los sacerdotes y los fieles de México se han levantado y han opuesto un muro alrededor de la casa de Israel y se han organizado en guerra. Por cierto, los obispos mexicanos, por unánime consentimiento, debían probar todos los medios posibles (…) Los miembros de la LNDLR, que se ha propagado por toda la República, trabajan concorde (sic) y asiduamente para que los católicos bien ordenados e instruidos presenten un frente irresistible a sus adversarios”.

Por ello, diversos curas tomaron parte en la rebelión armada, como José Reyes Vega, Aristeo Pedroza y muchos otros que “ministraban apoyo espiritual” a la tropa. Roberto Planchet, apologista cristero, dijo entonces: “La virtud no está en morir, sino en saber morir. El mal no está en matar, sino en hacerlo sin razón y sin derecho”.

Y dice Campos: “A través de capellanías, los sacerdotes católicos (combatientes y no combatientes) alentaban y explotaban el sentimiento religioso de miles de cristeros, induciéndolos a continuar en la lucha armada para alcanzar la “noble causa” que la jerarquía católica proseguía, que en realidad era la de recuperar sus antiguos fueros y privilegios, al costo que fuera.”

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