Los otros Marcial Maciel


Por Alejandro Páez Varela

Cuando uno piensa que el asco por este mundo es ya suficiente, aparece Marcial Maciel. No estoy cerca del caso más allá de ser ciudadano, periodista y consumidor de noticias. Aún así, o quizás por eso, siento que la disculpa de El Vaticano a los directamente ofendidos fue tardía y pichicata. Un error de sensibilidad. El daño provocado por este sacerdote, estimo, es casi del mismo tamaño que la negación a pedir a los afectados que perdonen a la institución por esconder durante lustros a uno de los violadores más notables del Siglo XX. Creo que se debe además una disculpa pública a los creyentes simples, porque este criminal que murió impune utilizó la estructura de esa iglesia para acercarse a niños y correligionarios para abusar de ellos, y para despojar a mujeres de sus recursos.

Lo que más me hierve el hígado es que Maciel disfrutó hasta sus últimos días los beneficios que obtuvo mientras cometía crímenes. A lo más que se llegó fue a condenarlo a una vida discreta. Es decir: se le dictó abstinencia. Seguramente el hombre ya no tenía deseos sexuales o de poseer riquezas cuando se le ordenó detenerse. Y aún en ese momento, recurra usted al archivo público, hubo quien lo defendió. Habrá pensado antes de morir que su nombre sería limpiado en el transcurso de los años, ¿por qué no?, si nunca fue llamado a tribunales civiles y religiosos que por lo menos lo exhibieran en público, aunque no haya manera de redimir sus pecados ni reencarnando 100 veces en cucaracha.

Triste pensar que son muchos los que abusan de los ciudadanos comunes; inmorales y criminales como Maciel. Triste saber que siguen solapados. Esos que brincan sobre la bondad de los otros; que los pisan, los humillan, los arrinconan y los despojan; los que les niegan justicia o se enriquecen a su costa, son iguales a él; los explotadores sexuales, los empresarios voraces, los periodistas corruptos y mentirosos o los políticos que prometen bienestar para tu familia o para que vivas mejor sólo para arrebatarles el voto (y que, en cuando obtienen puestos públicos, evitan la responsabilidad), son como Maciel. Para mí, los líderes sindicales que tienen a los trabajadores en la miseria mientras disfrutan sus miles de millones, son iguales a ese religioso perverso. Y las autoridades que evitan llevarlos a juicio por saquear el petróleo, los dineros de la educación o de la salud, son tan lacras como el cura de marras.

Cuando veo a los pobres arrastrar su miseria desde los pueblos más lejanos del país en procesiones religiosas hacia el DF, casi me echo a llorar; qué ganas tiene la gente de creer en algo. Una sensación similar sentí en el verano de 2006 y en 2009, cuando observé las colas de votantes. También siento un agujero en el alma si veo las líneas para pagar la luz, la hipoteca; para recibir atención en hospitales públicos o para mendigar agua de los camiones cisterna. Así siento cuando veo los mítines de las campañas políticas: cuántas cadenas perpetuas en el infierno se habrán ganado ya los políticos, me digo, por utilizar a los miserables para construir sus imperios inmorales. Igualitos a Marcial Maciel. No veo la diferencia.

Retorceré una frase clásica para dejar un colofón: La religión no es el opio de los pueblos; el opio es cualquier actividad del hombre que esté diseñada para despojar al otro. Y entre opiáceos vivimos. Porque es más fácil que el Monte Everest pase por el ojo de una aguja a que un Maciel se asome a los pasillos del reino de la justicia.

Fuente: El Universal, 5 de mayo de 2010

(http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/48224.html)

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