El verdadero rostro del cardenal Sandoval


 

Por Laura Campos Jiménez

El pasado 17 de marzo, durante la presentación del libro “El verdadero rostro del cardenal”, el arzobispo Juan Sandoval Iñiguez reconoció que al interior de la Arquidiócesis de Guadalajara se han presentado casos de pederastia sacerdotal, aunque, matizó, “sólo han sido cinco o seis en nueve años los implicados entre más de mil sacerdotes en funciones, además de que ya se les castigó en el seno de la Iglesia católica”.[1]

El cardenal Sandoval, ante dichas revelaciones, refirió que “el porcentaje [de abusos sexuales del clero] es bajo”, y pidió a sus fieles que los casos de acoso de parte de sacerdotes hacia menores deben ser denunciados ante las oficinas del arzobispado para investigarlos, en lugar de acudir a la autoridad civil.

Sandoval: protector de pederastas

El arzobispo tapatío -cabe recordarlo- en lugar de reprobar los escándalos de abuso sexual en los que se han visto involucrados diversos clérigos de la Iglesia católica, ha considerado que se debe comprender y perdonar a los curas que incurrieron en esa falta, “puesto que el hombre es débil y está expuesto a fallar”.[2]

Al tocar el tema de los abusos sexuales del clero, el purpurado omite hablar sobre la reparación del daño perpetrado a las víctimas y la necesaria acción de la justicia; en cambio, invita a sus feligreses a entender “que los ministros de la Iglesia son seres humanos que en determinado momento de su vida pueden dar la espalda a Dios y fallar […] pero deben ser comprendidos”.[4] Recuerda que en Guadalajara “hay un centro de atención que atiende a los sacerdotes que tienen problemas, de estos y de otros, para rehabilitarlos”.[5]

El “centro de atención” al que el prelado hace referencia, es en realidad una clínica para rehabilitar sacerdotes pederastas y atender sus adicciones, conocido como “Casa Alberione”. En este lugar –de acuerdo a la periodista Sanjuana Martínez– se hospedan durante tres o seis meses presbíteros de más de dieciséis países. El cardenal suele acudir con regularidad. Celebra misas y supervisa el funcionamiento ‘terapéutico’ del lugar:

La Casa Alberione es un búnker cercado [...] Dirigida por el purpurado, se trata de una clínica para sacerdotes pederastas denominada “Centro de Adicciones [...] El refugio para los curas con “problemas de conducta”, que está ubicado en la calle Pemex número 3987 de la colonia Vista Hermosa, cuenta con instalaciones de cinco estrellas y personal especializado.[6]

Sandoval, en una carta pastoral de 2002 titulada “Escándalos en la Iglesia”, encomia y justifica la existencia de la “Casa Alberione”:

En esta Iglesia de Guadalajara, a los sacerdotes que caen en una situación de pecado y de escándalo, en esta o en otra los campos de la espiritualidad, la medicina y la psicología, en una casa fundada aquí para ayudar a sacerdotes que padezcan depresión o cansancio y aquellos que caigan en conductas indebidas”,[7]

¿Cuántos sacerdotes pederastas habrán pasado por la clínica dirigida por el cardenal Sandoval Íñiguez? No es posible saberlo. Los curas que pasan por la Casa Alberione, al ser dados de alta por el arzobispado, vuelven a ser colocados en otras capillas, en otros estados o países, cuantas veces sea necesario, todo para salvar el buen nombre de la Iglesia católica y para evadir la acción de la justicia.

El caso del sacerdote Heladio Ávila

En la presentación del libro “El verdadero rostro del cardenal”, el tema de la pederastia clerical salió a relucir cuando el arzobispo tapatío declaró que “cuando se le comprueba a algún sacerdote que comete esa falta (pederastia), aquí en la Arquidiócesis se le suspende. Es un castigo mucho muy grande, porque ya no puede ejercer el ministerio…”.[8] Esta advertencia, contrario a la anterior aseveración, es falsa y forma parte del característico doble discurso de Sandoval: en la arquidiócesis de Guadalajara se mantiene en activo a sacerdotes pederastas, a quienes se protege -en una acción de complicidad- de la acción de la justicia.

Cura Heladio Ávila Avelar

Cura Heladio Ávila Avelar

Uno de los casos más conocidos, es el del sacerdote Heladio Ávila Avelar, vicario en la parroquia “La transfiguración del Señor”, perteneciente a la arquidiócesis de Guadalajara, quien fue sentenciado por el delito de violación en agravio de tres niños, de ocho, nueve y diez años de edad, respectivamente, en julio de 1996.[9]

El expediente del caso relata con detalle los abusos de Ávila: “…los menores de edad fueron invitados por el sacerdote a tomar clases de piano y una vez en la casa parroquial, Ávila jalaba a alguno de ellos hacia una de las habitaciones, donde llevaba a cabo el atentado sexual en su contra.”.[10]

El párroco ofrecía fruta y dulces a los niños a cambio de lo que les hacía, con el fin de que “no dijeran nada”. Sin embargo, sus familiares se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo cuando uno de los menores habló y los padres se entrevistaron con el acusado. El sacerdote aceptó ante los padres de las víctimas haber abusado sexualmente de los niños, arguyendo que “los menores se lo pidieron”,[11] y amenazó que si lo denunciaban mandaría a matar a los niños o cuando menos los iba a desaparecer. Entonces uno de los padres decidió llamar a la policía para detenerlo.[12]

El cura Ávila, al ser aprehendido, reconoció los hechos ante el Ministerio Público, mientras que los padres de los menores adviriteron a esa instancia judicial que “no eran las únicas víctimas del delito, sino que hay más, cuyos padres no acudieron a denunciar”.[13]

En su declaración ministerial, el sacerdote Heladio Ávila confesó que anteriormente había realizado ataques similares en agravio de niños “en otras poblaciones”, donde “estuvo asignado, pero nunca antes había tenido problemas”.[14] Estas afirmaciones quedaron asentadas en el expediente 16862/96 del juzgado undécimo de lo criminal.[15]

En su defensa, la arquidiócesis de Guadalajara adujo que el cura Ávila estaba mal de sus facultades mentales. Esta argucia, refiere Carlos Fazio, es “el socorrido recurso de declarar ‘enfermo’ a un violador, o inimputable, es decir, una persona que no tiene capacidad de un querer o entender”.[16]

El sacerdote en comento fue sentenciado a 15 años, cuatro meses de cárcel, siendo suspendido de sus funciones eclesiásticas.[17] No obstante, Heladio Ávila sólo purgó tres años en prisión. El 13 de agosto de 1999 salió de la cárcel de Puente Grande, en Jalisco.[18] La periodista Sanjuana Martínez refiere que dicha libertad fue concedida “gracias a la intervención de sus superiores eclesiásticos”,[19] quienes le enviaron de nuevo a la “Casa Alberione”.

Al salir del penal, el Cardenal Sandoval Íñiguez ya esperaba al sacerdote, a quien restituyó de inmediato al frente de una nueva parroquia. A partir del año 2000, Ávila Avelar prosiguió celebrando misas y confesiones bajo la protección del arzobispo tapatío. En el Directorio Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara del año 2006, aparecía como clérigo en funciones de una parroquia de Tlaquepaque, en Jalisco.

Cuando un reportero entrevistó al cura Ávila, tiempo después de los hechos delictivos, y le preguntó si había estado mal de sus facultades mentales cuando abusó de los menores, éste respondió: “No, no fue cierto. Fui conciente. Sé que mi conducta no fue buena. Mi conducta hace daño…”.[20]

 El cardenal Sandoval nunca ha denunciado a ningún cura pederasta. Si el sacerdote Heladio Ávila fue procesado penalmente, no lo fue por la intervención del arzobispo tapatío, quien conocía de su tendencia paidófila, sino porque los padres de las víctimas acudieron a las instancias judiciales en lugar de los tribunales eclesiásticos. Si el arzobispado de Guadalajara conocía de los abusos sexuales del citado clérigo, como hasta aquí se ha documentado, es entonces cómplice de las agresiones perpetradas a los menores, por haber tolerado a este religioso al esconderlo y cambiarlo de parroquia.

En el caso de los seis sacerdotes pederastas, el cardenal Sandoval está en la obligación de denunciarlos ante la autoridad civil, porque de lo contrario incurriría en el delito de encubrimiento.

La ropa sucia se lava en casa

El 10 de abril de 2002, el arzobispo de Jalapa, Sergio Obeso, en el contexto de la la LXXIII Asamblea de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), pronunciaría una frase que daría la vuelta al mundo. Interrogado sobre la posibilidad de que la Iglesia católica mexicana hablara de los casos de abusos sexuales del clero de manera pública, expresó: “La ropa sucia se lava en casa”.[21]

El obispo Renato Ascencio, de Ciudad Juárez, aceptó abiertamente que los casos de pederastia cometidos por sacerdotes y religiosos son juzgados por las autoridades eclesiásticas en sus tribunales y bajo sus propias “penas”: “No nos corresponde estar entregando a nuestros hijos a la autoridad civil; nos toca juzgarlos según nuestras leyes”.[22] Explicó que “así como un padre no entrega a la justicia civil a un hijo que ha cometido un delito, los obispos no tienen la obligación de entregar a las autoridades a los sacerdotes infractores”. [23]

El arzobispo Luis Morales, de San Luis Potosí, reiteró que “no corresponde” a los jerarcas católicos denunciar a los sacerdotes pederastas. Las aseveraciones de los prelados fueron interpretadas por algunos especialistas como la reivindicación –por parte de los obispos–, de un “fuero especial” eclesiástico para encubrir delincuentes.[24]

Conclusiones

¿Por qué el cardenal no acepta ninguno de los cientos de casos de pederastia clerical? La periodista Sanjuana Martínez explica con precisión esta interrogante:

Cuando el cardenal reconozca el primer caso de uno de sus sacerdotes y lo denuncie a las autoridades policiacas tendrá que empezar a pagar la reparación del daño a las víctimas que claman justicia y verdad, algo que no está dispuesto a hacer. La Iglesia de Estados Unidos ha desembolsado más de dos mil millones de dólares en compensaciones a las más de cien mil víctimas de cinco mil sacerdotes. La Iglesia católica de México ni un solo centavo.[25]

 Estas acciones, sin duda alguna, nos revelan el “verdadero rostro del cardenal”.


NOTAS

[1] Milenio, 18 de marzo de 2010.

[2] El Universal, 17 de abril de 2002, p. 16ª.

[3] Ídem

[4] Ídem

[5] Ídem

[6] Jorge Zepeda Patterson et. al., Los intocables, Planeta, México, 2009, pp. 14-15.

[7] Ídem,  p. 48.

[8] http://elrespetable.com/item-lamenta-pederastia-pide-ver-a-buenos-sacerdotes

[9] El Occidental, 11 de julio de 1996, p. 14ª.

[10] Siglo 21, 12 de julio de 1996, p. 21.

[11] Ídem

[12] El Occidental, 12 de julio de 1996, p. 14ª.

[13] Siglo 21, 12 de julio de 1996, p. 21.

[14] Ídem

[15] Ídem

[16] Carlos Fazio, En el nombre del Padre. Depredadores sexuales en la Iglesia, Océano, México, 2004, p. 241.

[17] Cambio, n. 45, 21 al 27 de abril de 2002, p. 14.

[18] Ídem

[19] Sanjuana Martínez, Prueba de fe. La red de cardenales y obispos en la pederastia clerical, Planeta, México, 2007, p. 53.

[20] Carlos Fazio, op. cit., p. 242.

[21] El Universal, 11 de abril de 2002.

[22] La Jornada, 13 de abril de 2002.

[23] Ídem

[24] Fazio, op. cit., p. 245.

[25] Zepeda, op. cit., p. 49.

 

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