Reliquias para mexicanos “guadalupanos”


Por Jaime Hernández Ortiz

Desafortunadas y muy fuera de toda proporción guardada fueron las declaraciones de Felipe Calderón, quien hace casi dos semanas declaró que “todos los mexicanos somos guadalupanos, independientemente de la fe y creencias que tengamos”.

El comentario ha sido, sin duda, de muy mal gusto y profundo desatino. Sobre todo si consideramos que México, hoy por hoy, es una nación multiconfesional, en donde se ha ido terminando gradualmente el monopolio de los bienes simbólicos de salvación que tradicionalmente había detentado la Iglesia católica; la que por cierto ha ido perdiendo anualmente millones de creyentes y que se pasan a iglesias evangélicas u otras religiones.

Presidente guadalupano

Al inaugurar la Plaza Mariana de la Basílica de Guadalupe en la ciudad de México, Calderón añadió que en el país “todos los mexicanos tenemos el derecho de profesar o no en conciencia la religión que más satisfaga o que más sea propia de las convicciones de cada persona, sin más límite que el respeto a la ley”; pero lo dijo de tal forma que parecía que era un logro de su gobierno, y no resultado del doloroso y largo proceso de separación Iglesias-Estado, y de la persecución y represión a otras creencias diferentes.

Peor aún, Calderón lo dijo pensando como si los mexicanos fueran aún una especie de menores de edad que están en permanentes clases de catecismo, por lo que sin el mayor empacho añadió que la “señora de Guadalupe es un signo de identidad y unidad para los mexicanos”, y que “la Basílica de Guadalupe es un factor de integración social, de afianzamiento de la identidad nacional y de la unidad.”

Tales expresiones son de suyo riesgosas y no abonan en nada en la construcción de una sociedad tolerante, diversa y plural. Por el contrario, constituyen un nuevo agravio a la mayoría de los mexicanos que ya no comparten la mezcla de lo religioso con lo político, de lo laico con lo religioso. Particularmente de millones de creyentes y minorías religiosas que no desean ser parte de esa especie de “unidad religiosa nacional”, particularmente en localidades donde sufren constantes atropellos.

¿Unidad corporativa?

¿En dónde se dice que es obligatorio estar unidos y en torno a una imagen o una creencia religiosa? Resulta que Calderón actúa ahora como acólito promotor y fiel sacristán de una religión. Poco le faltó hacer un llamado a misa.

Conceder a la religión católica un carácter de factor de integración nacional es darle privilegios inmerecidos; pues es de todos conocido de qué lado estuvo en la Colonia, la Independencia, la Reforma, la Revolución y posteriormente en los años 30, durante la rebelión cristera. Esto convierte a Calderón en el promotor de una fe y de una religión. En un papel que no le corresponde.

Calderón ha cometido innumerables errores. Y comete otro más, pues su papel no es el de promover definiciones identitarias con elementos religiosos, sino el de impulsar valores republicanos, laicos, de igualdad y de respeto al Estado de derecho.

Más que expresiones sensatas, lo dicho por Calderón se inscribe en una clara conducta desesperada que no puede ser ocultada: la de pretender llamar al voto católico en un  momento en que hay que estimular las intenciones del voto.

Lo dicho por el supuesto mandatario incumple sin duda alguna la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público que prohíbe establecer cualquier tipo de preferencia o privilegio en favor de religión alguna. ¿Qué reacción se puede esperar hacia aquéllos que no son guadalupanos?, ¿son antimexicanos, apátridas o qué son?

“Esta es una percepción clerical intolerante, que creíamos ya superada, misma que vinculaba la mexicanidad con una determinada creencia religiosa, y que establecía al guadalupanismo como una condición sine qua non de nuestra nacionalidad; tal visión es retrógrada y evidentemente opuesta a nuestras libertades”, señaló con toda precisión el Foro Intereclesiástico Mexicano en un manifiesto público.

Pluralismo religioso imparable

La Iglesia católica se mostró muy satisfecha sin duda con las expresiones constantinianas de Calderón. Pero en el fondo sabe que no hay nada para contener la desbandada que sufre la membresía católica, incluso en Jalisco, tierra que el gobernador Emilio González Márquez ha intentado sin logarlo convertirla en tierra cristera.

Justamente la Iglesia católica quiere aprovechar la promoción de reliquias y objetos personales de Juan Pablo II, para promover un aumento de la fe católica. Nada más equivocado.

Pese al supuesto carisma de Juan Pablo II, inauguración de avenidas en Zapopan y Guadalajara y de que “México siempre fiel”, es justamente durante este papado que el país transitó hacia una diversificación religiosa imparable.

Como bien señala Elio Masferrer, a partir de la llegada de Juan Pablo II el catolicismo empezó en lenta y gradual caída. Indica en el libro Pluralidad religiosa en México. Cifras y proyecciones: “El censo de 1980 marcó una ruptura histórica, no sólo en la expresión de las minorías religiosas, sino también en la primera crisis significativa del predominio católico en México.”

De acuerdo a este autor hoy sólo un 46.37% de los mexicanos son auténticamente católicos.

Reliquias inertes

Incluso, del manipulado Censo de Población y Vivienda 2010 se desprende que son muchos más los miembros de otras denominaciones que los 18 millones oficiales que se reportan de otras religiones.

Según la Secretaría de Gobernación, la cifra de asociaciones religiosas diversas registradas se incrementa año con año; en tanto que las asociaciones católicas van a la baja.

Si Juan Pablo II en vida no logró incrementar el catolicismo mexicano y el nacionalismo guadalupano, ¿lo lograrán sus pertenencias personales?

La Jornada Jalisco, 25 de octubre de 2011.

http://www.lajornadajalisco.com.mx/2011/10/25/index.php?section=opinion&article=004a1pol

 

I N I C I O

 

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