México según Sandoval Íñiguez


Por Juan José Doñán

Juan Sandoval Íñiguez insiste en que, como historiador, es un buen arzobispo, pues ve los acontecimientos del pasado de manera parcial y mal informada, cuando no definitivamente tendenciosa. En fechas recientes sorprendió a propios y extraños con una nueva interpretación de la historia de México, al afirmar, en forma temeraria, contradictoria y hasta poco evangélica, que “la verdadera Revolución (Mexicana), la única noble, ha sido la de los cristeros y la de los santos mártires por la libertad de creencia”.

Según su parecer, el movimiento social que comenzó con Madero en 1910 sólo fue una serie de “luchas de caudillos por el poder”, como consignó La Jornada Jalisco en su edición del jueves 18. No es la primera vez que el cardenal tapatío aparece con una visión tan radicalmente excéntrica –por no decir arbitraria– de la historia de nuestro país.

El año pasado, justo por las fechas en que se celebraba el Bicentenario del inicio de la Independencia, Sandoval Íñiguez hizo puntualizaciones históricas de una ligereza inaceptable en cualquier persona medianamente instruida. De ello dieron cuenta los medios de la comarca, incluido El Semanario, publicación oficial de la Arquidiócesis de Guadalajara. Entre otras cosas, dijo que “la mejor” etapa de la historia de México había sido la época colonial, ya que durante ese periodo se construyeron la mayoría de los grandes templos y se produjeron innumerables obras de arte sacro.

Con tal declaración, Sandoval Íñiguez tácitamente acabó por considerar al movimiento de Independencia como un error, puesto que había acabado con “la mejor” época de nuestra historia. Y sobre Hidalgo, Morelos y otras figuras de la insurgencia su dictamen fue todavía más desfavorable: los acusó de haber derramado mucha sangre; de asaltar templos y conventos, y hasta de haber “violado” a religiosas, lo que presuntamente explicaría su excomunión. Aunque ésta no fue definitiva pues, según él, ambos caudillos murieron reconciliados con la Iglesia católica, de la cual habían sido ministros, si bien de un rango menor.

El problema con tales juicios históricos es que son desmentidos por los hechos: ¿De dónde saca Sandoval Íñiguez que Hidalgo fue “violador” de monjas cuando dicho delito no figuró entre los cargos formulados en su contra por el tribunal eclesiástico que lo juzgó días antes de su ejecución, en la ciudad de Chihuahua? ¿Cómo puede alguien afirmar que es dudosa o no fue definitiva la excomunión del cura de Dolores, cuando no sólo fue formulada y decretada por el obispo de Valladolid, Manuel Abad y Queipo, sino que a esta primera excomunión vino a sumarse una segunda, firmada por quien entonces era obispo de Guadalajara, Juan Ruiz de Cabañas y Crespo, aparte del decreto de “hereje” expedido por Tribunal de la Inquisición? Y posteriormente, una vez consumada la Independencia, a la jerarquía eclesiástica en ningún momento le dio por reivindicar la figura del Padre de la Patria.

No menos seria es la descalificación que Sandoval Íñiguez acaba de hacer de la Revolución Mexicana. Durante el homenaje que el sector empresarial jalisciense le rindió el miércoles 17 de agosto en Expo Guadalajara con motivo de su inminente relevo –por causas de edad– de la silla episcopal, salió con la siguiente lección de historia: “La Revolución (de 1910) se acabó el día que mataron a Madero; ahí se acabó la Revolución. Después le siguieron los caudillos, luchando unos contra otros por el poder”. Y remató su dicho con una exaltación desusadamente elogiosa de los cristeros: “Esa página de la historia de México (la Cristiada) es la más gloriosa, es la verdadera Revolución de México” (ídem). ¿Desinformación? ¿Antipatía por los caudillos de la Revolución Mexicana?

Por principio de cuentas, al presidente Francisco I. Madero no murió asesinado por ninguno de esos caudillos, sino por un grupo de golpistas, con Victoriano Huerta a la cabeza, alguien a quien Madero había confiado el mando militar de la Ciudad de México y quien no sólo lo traicionó, sino que también ordenó su asesinato (22 de febrero de 1913) para quedarse con la Presidencia del país.

Con excepción del arzobispo de Morelia, Leopoldo Ruiz y Flores, la jerarquía eclesiástica guardó silencio ante tan deplorables estos hechos y en varios casos incluso llegó a aceptar los mimos del usurpador. Esto hizo que intelectuales católicos como Ramón López Velarde y José Vasconcelos condenaran las simpatías huertistas del clero. En su momento el escritor Eduardo J. Correa, quien dirigía La Nación, órgano oficial del Partido Católico Nacional, escribió que ni “todas las aguas del río Jordán podrían borrar el pecado de origen del huertismo” y el papel que había jugado el alto clero mexicano.

Más allá de sus disputas internas, fueron precisamente los caudillos revolucionarios (Carranza, Villa, Obregón, Zapata…), que tan antipáticos parecen serle al arzobispo de Guadalajara, quienes en 1914 consiguieron echar del país al usurpador Victoriano Huerta y dos años más tarde impulsaron la Constitución Política que hasta la fecha nos rige y crearon una política social como no existía antes; en resumidas cuentas, refundaron al país. ¿Y esto no es una “verdadera revolución”? No, según Sandoval Íñiguez, pues la “única” digna de tal nombre sería la Guerra Cristera (1926-1929).

Frente a este alzamiento la jerarquía eclesiástica, que había cerrado los templos como protesta contra la llamada Ley Calles, tuvo una relación ambigua y logrera: cuando así convino a sus intereses usó a los alzados cristeros, y cuando éstos, al final, ya no le eran útiles, los desconoció, firmando a sus espaldas “los arreglos” (junio de 1929) con el gobierno de Emilio Portes Gil, lo que puso fin al conflicto y reanudó el culto público.

Por lo demás, ¿cómo, si el Evangelio no considera como valor cristiano el uso de la violencia –ni siquiera cuando ésta pueda favorecer los intereses de la Iglesia–, el cardenal tapatío exalta la rebelión de los cristeros, que no estuvo exenta de abusos y excesos contra personas inocentes, lo que también hicieron los soldados callistas? Varias de las víctimas de estos últimos fueron los mártires, a quienes el arzobispado de Guadalajara les viene construyendo, en el cerro del Tesoro, el que pretende ser el templo más grande del continente: el Santuario de los Mártires.

Dichos mártires fueron reconocidos como tales (canonizados por el Papa Juan Pablo II en mayo de 2000), justamente porque no fueron cristeros; porque, a diferencia de éstos, no defendieron su fe religiosa ni con el uso de la fuerza ni derramando la sangre de sus semejantes, sino mediante la que es considerada la máxima virtud del martirio cristiano: morir por su religión, perdonando a sus verdugos.

Ni hablar, en el enrevesado guión histórico de Sandoval Íñiguez el México ideal sería un país que debería seguir siendo colonia de España, que no debería a reconocer como Padre de la Patria a Miguel Hidalgo y cuyo panteón de héroes no debería estar encabezado por Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Carranza, Villa, Zapata y compañía, sino por Enrique Gorostieta, aun cuando este general porfirista, que fungió como comandante en jefe de los alzados cristeros, haya sido un mercenario, pues sus servicios fueron pagados en pesos plata por la Liga Nacional Defensora de la Libertad 
Religiosa.

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