Las mentiras del Cardenal


Por Santos Urbina

El cardenal Juan Sandoval volvió a la carga con una injuria más, tan grande como su boca, reafirmando el papel que la alta jerarquía eclesiástica ha jugado como enemiga del pueblo mexicano y su proceso revolucionario, atizando el odio como incienso de su fe.

Rodeado por la feligresía empresarial tapatía que se deshacía en elogios, el titular de la Arquidiócesis de Guadalajara, con voz flemática y cavernosa afirmó que la Revolución Mexicana de 1910 no fue una revolución, sino una lucha de caudillos por el poder. Que la verdadera revolución fue el levantamiento de los “cristeros” por la libertad de creencias y religiosa.

Gracias a su impertinencia y dolosa acusación que ofende la memoria histórica del pueblo mexicano, nos vemos en la necesidad de recordar algunos aspectos que el cardenal no ignora pero que olvida de “mala fe”, y para no dejar pasar sus improperios a los que nos quiere acostumbrar.

Primero, decir que una revolución no es una asonada, un golpe de Estado, un motín o una alteración social, por muy grave que esta sea. Una revolución es un movimiento de grandes masas populares que tiene por objetivo cambiar el régimen existente por otro diferente, sustituyendo a la clase social dominante por otra más avanzada, lo que no ocurrió con la revuelta cristera.

Por el contrario, el movimiento cristero, que se manifestó en una región de la República, en realidad fue un movimiento contrarrevolucionario que se propuso destruir las conquistas logradas por el pueblo mexicano en cien años de lucha, además de servir como instrumento de presión y chantaje por parte de los altos mandos eclesiásticos en sus negociaciones con el gobierno de aquella época. Es más, ni siquiera fue un movimiento que luchó por la libertad de creencias, como dice el cardenal.

Esto se confirma en la pretensión de los cristeros de echar abajo todo lo logrado por el pueblo mexicano desde la Revolución de Reforma hasta el año de 1927, y que quedó consignado en la Constitución de los Cristeros; documento dado a conocer por Vicente Lombardo Toledano, el 21 de marzo de 1963, y que la Iglesia ha dado por bueno, según consta en el Boletín Eclesiástico número 7 de la Arquidiócesis de Guadalajara, con fecha 5 de julio de 2010.

En la Constitución cristera, jurada en 1928, en su artículo 1º se dice que “Dios es el origen de todo lo que existe… La Nación Mexicana, en cumplimiento de su principal obligación, reconoce y rinde vasallaje a Dios, Omnipotente y Supremo Creador del Universo”. Con esta invocación, y confiriéndose la soberanía del pueblo, el documento declara nulas las Leyes de Reforma, la Constitución de 1917; las constituciones de los estados, la ley agraria, la de instrucción pública, las que reglamentan las religiones y los cultos; la estructura política del país, desapareciendo los estados de la República, el Congreso de la Unión y las legislaturas de los estados, proponiendo en su lugar una concepción corporativa, semejante a la de un Estado típicamente fascista.

Esto último lo reconoce la Iglesia en el mencionado boletín de la Arquidiócesis de Guadalajara, al explicar lo siguiente: “Es evidente que el texto constitucional cristero adopta la organización de un Estado de tipo corporativo, pero no de inspiración nazi-fascista, como lo señala Lombardo, sino de un corporativismo católico”. Sí, un Estado fascista-clerical parecido al que implantó Franco en España.

Por tanto, si el malogrado movimiento cristero hubiera triunfado, al conculcar las conquistas logradas por la Reforma y la Revolución Mexicana la sociedad civil estaría supeditada a la supremacía de la Iglesia; sin libertad de pensamiento, de asociación ni de creencia al imponerse la religión de Estado. Hay que recordarle al cardenal que la libertad de creencias y culto en México no es una conquista de la Iglesia, sino precisamente de la revolución de Reforma encabezada por Juárez y los liberales.

También, furibundos enemigos de los agraristas, los cristeros pretendían destruir la Reforma Agraria recién iniciada y regresar a los antiguos hacendados las tierras expropiadas por el movimiento revolucionario. Esto se consigna en la pretendida Constitución cristera, en sus artículos 34, 36 y 37, amparando en beneficio de los latifundistas las tierras, aguas y construcciones de los hacendados reconocidas por el porfiriato y revirtiendo las reparticiones agrarias hechas hasta el año de 1927, sancionando en su texto que “nunca jamás se harán nuevas reparticiones y fraccionamientos agraristas”. Todo para beneficiar a quienes realmente estaban atrás de los cristeros: los hacendados y terratenientes.

Para cumplir el viejo sueño del clero de apropiarse de la instrucción pública y mantener a la población en el temor, la ignorancia y el fanatismo, la Iglesia azuzó el levantamiento cristero con la pretensión de echar abajo la incipiente educación laica y pública, privatizándola en colegios clericales. En los planteles oficiales de enseñanza primaria, secundaria y preparatoria sostenidos por el Estado, la enseñanza religiosa también sería obligatoria (artículo 9).

El levantamiento cristero nunca fue una revolución y jamás benefició a México, como demagógicamente afirma Sandoval. En realidad fue un movimiento fundamentalista, atrasado y lleno de prejuicios, como se consigna en el artículo 10 de su proyecto constitucional para reglamentar la vestimenta de los habitantes del País: “Están prohibidos únicamente los vestidos o trajes que no cubran el cuerpo, diez centímetros abajo y alrededor del cuello, quince centímetros abajo y alrededor de la axila y veinte centímetros debajo de la rodilla, y los que por su transparencia y estrechez, resulten también ser inmorales”.

Atrás de los reclamos de la jerarquía eclesiástica de una supuesta libertad religiosa y de creencias, la verdadera exigencia del clero era el reconocimiento de personalidad jurídica, figura legal que le fuera retirada por los revolucionarios en la Constitución de 1917. Al no tener reconocimiento de personalidad jurídica la Iglesia no podía poseer propiedades y amasar riquezas como en otro momento disfrutó. Por eso es cierto lo que el padre de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla dijo del alto clero al contestar los cargos que le hiciera la Inquisición: “Abrid los ojos, americanos, no os dejéis seducir de nuestros enemigos: ellos no son católicos sino por política: su Dios es el dinero, y las conminaciones sólo tienen por objeto la opresión”.

En verdad es ridícula la comparación que hace el cardenal jalisciense respecto de la revuelta cristera y la Revolución Mexicana iniciada en 1910. Pero algo tenía que decir para halagar a los hombres más ricos de Jalisco con los cuales se  reunió, al igual que lo hizo con el embajador yanqui en el Vaticano. Luego pasaría la charola solicitando cooperación para continuar la construcción del controvertido  mausoleo en honor de los supuestos mártires cristeros. Un monumento al odio, el crimen y la sangre inútilmente derramada.

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