El “México Cristero” de Calderón


Vi Evento Mundial de las Familias 

“Los gobiernos civiles no deben tener religión, porque siendo su deber proteger la libertad que los gobernados tienen de practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían fielmente ese deber si fueran sectarios de alguna”.

 

Benito Juárez

 

 

Por Laura Campos Jiménez

 

Desafortunada, por decir lo menos, resultó la apología religiosa que el presidente Felipe Calderón pronunció el pasado 14 de enero, durante la inauguración del VI Encuentro Mundial de las Familias, en donde violentó –de manera sistemática– la Constitución Política, la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público y el carácter laico del Estado mexicano.

Durante su ingreso al citado evento, Calderón fue recibido por asistentes que corearon: “Nuestro Presidente católico…”, convicción que durante su discurso confirmó: Sean ustedes bienvenidos –dijo– a esta tierra de María de Guadalupe y de San Juan Diego y también de los mártires de la persecución…”.[1]

Recordó que su “santo patrono” es San Felipe de Jesús y su formación y educación se forjó con maristas, con las Misioneras del Espíritu Santo, las hermanas del Verbo Encarnado y las Guadalupanas del Plancarte. Las hermanas de la Asunción, añadió, “son ahora quienes educan a mis hijos”.[2]

Ante tales afirmaciones, en las cuales no existen dejos de ingenuidad o de ignorancia, comparto con ustedes las siguientes reflexiones.

El Méjico Cristero de Calderón

México es “tierra de los mártires de la persecución…”. Con esta frase sinarquista, Calderón dejó en claro no solo sus convicciones religiosas (las cuales trasladó a la esfera pública), sino que dejó entrever la agenda política de su gobierno en materia eclesiástica, en la cual estaría contemplada –en vísperas del Centenario de la Revolución Mexicana en 2010– una visión de la historia afín a los intereses de la jerarquía católica, en la que se incluiría la “heroicidad” y el “olor de santidad” de los citados beatos cristeros.[3]

El discurso presidencial evidenció, de manera subrepticia, que en México sigue pendiente la absolución y reivindicación histórica tanto del movimiento cristero, como de sus líderes y de su proyecto de nación, el cual fue desvelado hace décadas por Vicente Lombardo Toledano en su libro La constitución de los cristeros.[4]

En su panegírico discurso, el Presidente Calderón honró a personajes que en los años 20 lucharon contra el Estado laico, llamándoles “mártires…”; entre los cuales se puede documentar el caso del líder intelectual del movimiento cristero, Anacleto González Flores (1888-1927) –consagrado beato por el papa Juan Pablo II en 2005–, quien fue un enemigo declarado de Francisco I. Madero y de la Revolución Mexicana.

En efecto, el ahora beato se refería despectivamente al primero de ellos como el “enano de Parras”,[5] mientras que a la segunda la consideraba como “…Una verdadera orgía de cafres […] La Revolución es una ebria, y su embriaguez es de barbarie, de salvajismo, de retroceso a la edad de las cavernas…”.[6] En una de sus obras, El plebiscito de los mártires, Anacleto González escribe sobre la gran “trilogía” adversa al catolicismo: “El protestantismo, que hace esfuerzos desesperados por penetrar en todas partes, por llegar al corazón de las masas, por arrebatarnos a la juventud y por invadirlo todo, la masonería y la revolución que –según él– es una ‘aliada fiel’ de las dos”.[7]  

González Flores llamaba a la escuela laica un “extremo de ignominia, de decaimiento y de postración”, a la cual deberían oponerse los padres de familia, y hablaba de la educación oficial como de la “perversión de alma de la niñez y de la juventud”. Según el “mártir”, “…El contacto con la escuela laica, con los textos, con los alumnos, con los profesores, en fin, con la atmósfera envenenada de los establecimientos oficiales de instrucción, contrarresta todos los esfuerzos que se hacen en el templo, en el hogar y en cualquier parte para orientar a la niñez y a la juventud […] Y a pesar de esto, tranquilamente envían a sus hijos a las escuelas laicas”.[8]

De acuerdo al historiador Moisés González Navarro, Anacleto estaba tan metido en la guerra, que se autoproclamó y fue reconocido jefe civil del movimiento cristero; “era el líder intelectual de los ‘fanáticos en armas’, redactaba proclamas y los proveía de parque, víveres y dinero, y en más de un combate se comprobó su presencia con las armas en la mano”.[9] La filosofía de este beato, ciertamente, no era el pacifismo:

Cuando el Comité Episcopal aceptó la lucha armada, Anacleto no sería un elemento de discordia; todo lo contrario, se prestó a seguir dirigiendo la campaña, ahora en el plano bélico […] Se plegó a la orden de iniciar la defensa armada, no puso ningún pretexto para llevar adelante esta nueva etapa. Con relación al movimiento armado, era jefe.[10]

“Los cristeros son también enormemente crueles: desorejan maestros, violan a profesoras delante de sus alumnos, vuelan trenes, fusilan civiles, torturan […] La guerra cristera es un episodio trágico y lamentable para el Estado y para la jerarquía católica, a la que los cristeros acusan de haberlos vendido”, señala Carlos Monsiváis en su más reciente libro.[11] En este tenor, se puede tener una idea general de la mentalidad y el accionar en contra del Estado mexicano, por parte de los cristeros del siglo XX, a quienes honró con encomio el Presidente Calderón.

Sobre los episodios nada piadosos de los cristeros y los orígenes de esta revuelta de tintes religiosos, se pueden consultar las obras de escritores como Francisco Martín Moreno (México Acribillado, Alfaguara 2009) y Edgar González Ruiz (La última cruzada: de los cristeros a Fox, Grijalbo 2001; Los otros cristeros, BUAP 2004), quienes dan cuenta de la participación de la jerarquía eclesiástica durante este conflicto (1926-1929), y la barbarie y fanatismo con que se condujeron los soldados de “Cristo Rey” –quienes recibieron la bendición e impulso del papa Pío XI a través de la encíclica Iniquis Afflictisque, del 18 de noviembre de 1926 y en diversas cartas pastorales de los obispos mexicanos– en una de las etapas más aciagas de la historia de nuestro país.[12]

 
 

Cristeros en misa de tropa. 12 de diciembre de 1928, Coalcomán, Mich.

Cristeros en misa de tropa. 12 de diciembre de 1928, Coalcomán, Mich.

 “Si creen distinto, no son mexicanos” 

“Bienvenidos a la tierra de María de Guadalupe…”, expresó Calderón a los asistentes al encuentro de familias. Definió, sin contrapesos, que México es “territorio guadalupano”, arropando el viejo discurso católico que pretende excluir de nacionalidad a quien no comparte esta religión y que siempre ha querido que se identifique mexicanidad con catolicismo.

Esta afirmación, de suyo, es discriminatoria y excluyente. Una de las funciones y razón de ser del Estado laico, “es la de proteger a las minorías religiosas, así como a aquellos individuos que, no siendo creyentes, desean hacer respetar su libertad de conciencia”.[13] El acto en comento, por su propia naturaleza, es una falta de respeto del Presidente de la República a quienes no practican el catolicismo y rechazan recibir el tratamiento de ciudadanos de segunda por motivo de sus creencias. Vivimos en un país heterogéneo, democrático, laico, plural y secularizado, en donde resulta insostenible afirmar que para ser mexicano se necesita ser guadalupano.

México, en contraparte, es cada vez menos católico y así lo demuestran diversos estudios. Cada día que pasa, cientos de mexicanos abandonan el catolicismo tradicional y oficial y otros más abandonan totalmente las creencias religiosas.[14] En el año 2000, el 88.73 % de la población dijo profesar el catolicismo, aunque cifras extraoficiales indican que cerca de 25 millones de mexicanos han dejado de serlo y han elegido otra opción religiosa o han dejado de ser creyentes.[15].

 

A nivel nacional, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) ha reconocido que tan solo 7 de los 89 millones de mexicanos que dicen ser católicos son practicantes (el 6.7% de la población), de acuerdo a un reciente estudio del Instituto Mexicano de Doctrina Social. En base a las cifras anteriores,  es imposible hablar de una nación monolítica en términos religiosos y socio-culturales: El mito de un monopolio religioso en nuestro país, ha sido derruido.

El 3 de mayo de 2006, cerca de 200 albañiles recibieron por parte de Felipe Calderón – entonces candidato presidencial por el PAN–  una camiseta estampada con su nombre y unas estampas de la virgen de Guadalupe, acompañadas del texto: “Mi oración por México”. Antes de retirarse del lugar, el político panista firmó y regaló imágenes religiosas como “recuerdo” de su visita.[16] En una de esas “estampitas”, se leía: “A nombre de la morenita del Tepeyac, le dedico la presente estampita a…”.[17] 

 
 

Proceso, n. 1540, 7 de mayo de 2006, p. 25.

Calderón en campaña. Marketing religioso y proselitismo político. Fotografía: Proceso, n. 1540, 7 de mayo de 2006, p. 25.

 ***

El Doble discurso: las promesas incumplidas

El martes 21 de marzo de 2006, Felipe Calderón –siendo candidato presidencial– encabezó en Nezahualcóyotl la ceremonia del bicentenario del nacimiento de Benito Juárez, en donde hizo promesas al electorado que no habría de cumplir:

 

“Traicionaría a Juárez quien pretendiera dividir la República en regiones, en creencias religiosas o en clases sociales. Falta a la memoria de Juárez quien siembra el odio de unos mexicanos hacia otros mexicanos por el simple hecho de no pensar igual que sí mismo […] El héroe oaxaqueño significa la separación de los asuntos de la Iglesia y del Estado. En pleno siglo XXI vemos que muchas naciones y muchos pueblos no alcanzan todavía esta valiosa separación y viven sumidos en odios religiosos y en violencia. Yo seré un presidente que gobierne para todos los mexicanos sin exclusiones y con absoluto respeto a los principios del Estado laico […] Gobernaré como él, respetando el Estado laico y los derechos de todos”.[18]

En esa ocasión, el político panista empeñó su palabra al advertir que “su gobierno mantendría inalterada la actual condición del Estado mexicano y que se empeñaría en impartir una educación pública laica”.[19] 

El 31 de mayo de 2006, el candidato Calderón se reunió con integrantes de la comunidad judía en nuestro país, ante quienes se comprometió, una vez más, a fortalecer el Estado laico: “No se debe confundir religión y política. No debe trasladarse el credo propio a la actividad del servicio público, tiene que distinguirse”, señaló.

Años atrás, sin embargo, en “Educación religiosa”, un artículo que publicó en el diario unomasuno  justo cuando comenzó su gestión como diputado federal en la segunda parte del sexenio de Carlos Salinas, Felipe Calderón exigía una reforma constitucional para garantizar la educación religiosa (católica) en las escuelas públicas, porque los católicos “han tenido que vivir una suerte de clandestinidad educativa, social y política”.[20] Inclusive Calderón proponía que el Estado apoyara económicamente la educación religiosa.

En este tenor, el 17 de noviembre de 2006 (en una reunión a puertas cerradas con la CEM, siendo ya presidente electo), Calderón asumió ante la jerarquía católica el compromiso de “luchar” por que el artículo 24 de la Constitución se modifique: la frase “libertad de culto y de creencias” sería reemplazada por “libertad religiosa”.[21]

Cabe precisar que la “libertad” que exige al Gobierno Federal la jerarquía católica mexicana, incluye el acceso de ésta a los medios de comunicación, educación religiosa en escuelas públicas, asistencia religiosa en centros penitenciarios, de salud y asistenciales, subvenciones al clero, capellanías militares, entre otros.[22]

El compromiso de Calderón, en consecuencia, no es con el Estado laico, la democracia y la pluralidad religiosa, sino con los intereses políticos de una jerarquía eclesial que, impulsada desde El Vaticano, pretende recuperar y ampliar sus antiguos privilegios, aún violando la ley, en un país laico, que vive un proceso irreversible de secularización.

Me queda claro, en conclusión, que el discurso presidencial del pasado 14 de enero, es la declaración formal de guerra en contra del Estado laico, las minorías religiosas y los derechos seculares de todas las personas. Es el pliegue de la derecha en el poder hacia la Iglesia católica institucional para gestionar e implantar la agenda política de la segunda. Ante esto, de manera resolutoria, millones de mexicanos decimos: No pasarán…

El triunfo de la reacción, es moralmente imposible...

El triunfo de la reacción, es moralmente imposible...


NOTAS

[1] La Jornada, 15 de enero de 2009, p. 3.

[2] Ídem.

[3] La doctora Patricia Galeana, encargada de los trabajos del Bicentenario de la Independencia del 2010, advirtió en su momento sobre las intenciones de la Conferencia del Episcopado Mexicano de intervenir en estos festejos: “La Iglesia católica no tiene por qué participar en esta conmemoración, porque México es un Estado laico” (Milenio, 28 de marzo de 2008).

[4] Cf. Vicente Lombardo Toledano, La Constitución de los cristeros, Librería Popular, México, 1963, 197 p. En esta obra, Lombardo Toledano reproduce y comenta la constitución que los algunos líderes cristeros habían redactado y que entraría en vigencia en el momento en que el Presidente Calles fuera derrocado. El texto en comento era, virtualmente, una regresión a la primera mitad del siglo XIX.

[5] Alfonso Taracena, La Verdadera Revolución Mexicana (1901-1911), Porrúa, México, 1991, pp. 410-411.

[6] Ídem.

[7] Anacleto González Flores, “El Plebiscito de los Mártires”, en Obras de Anacleto González Flores, Ayuntamiento de Guadalajara, Guadalajara, 2005, p. 320.

[8] Idem.

[9] Moisés González Navarro, Cristeros y agraristas en Jalisco, Tomo III, El Colegio de Jalisco, México, 2ooo, p. 380.

[10] Ismael Flores Hernández, Anacleto, líder católico, Folia Universitaria, UAG, México, 2005, p. 81.

[11] Carlos Monsiváis, El Estado laico y sus malquerientes, UNAM, México, 2006, p. 105.

[12] Cf. Laura Campos Jiménez, Los nuevos beatos cristeros. Crónica de una guerra santa en México, Tablas de Moisés, México, 2005. Esta obra se encuentra en archivo PDF en versión electrónica: http://lauracampos.wordpress.com/2008/06/28/los-nuevos-beatos-cristeros-cronica-de-una-guerra-santa-en-mexico/

[13] Roberto Blancarte, El Poder: Salinismo e Iglesia católica. ¿Una nueva convivencia?, Grijalbo, México, 1991,  p. 56.

[14] Cf. Patricia Fortuny, Creyentes y creencias en Guadalajara, CIESAS/INAH, México,2000, p. 26

[15] El cardenal Juan Sandoval auguró, en 1997, que para el año 2000 podría haber 30% de mexicanos no católicos. Cf. El Occidental, 13 de octubre de 1997, p. 16ª.

[16] Reforma, 4 de mayo de 2006.

[17] Cf. Carlos Monsiváis, “A nombre de la morenita del Tepeyac, le dedico la presente estampita a…”, en Proceso, n. 1540, 7 de mayo de 2006, pp. 24-26.

[18] La Jornada, 22 de marzo de 2006.

[19] Ídem.

[20] Felipe Calderón Hinojosa, “Educación religiosa”, en unomasuno, 2 de diciembre de 1991.

[21] La Jornada, 18 de noviembre de 2006.

[22] Ídem.

***

Columnas relacionadas con el VI Evento Mundial de las Familias y el Estado laico mexicano (haga clik en los enunciados):

 .

- El Presidente y su patrono. Jesús Silva-Herzog Márquez.

- El católico señor Calderón. Luis Linares Zapata

- Defender el Estado laico. Lorenzo Córdova Vianello

- El foxismo de Calderón. Roberto Blancarte

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Reprueba donativos de Emilio (Queja ante la CEDHJ).


                                            

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González Márquez, promotor del odio


La Crónica de Hoy. 8 de mayo de 2008

Por Raúl Trejo Delabre

Un millón de pesos diarios. Esa es la cantidad que el gobernador de Jalisco ha regalado a instituciones y empresas privadas desde que tomó posesión de ese cargo, en marzo del año pasado. Los 90 millones de pesos que decidió donar a la iglesia católica para la construcción de un santuario cerca de Tlaquepaque constituyen el obsequio más cuantioso y polémico, pero no el único, que Emilio González Márquez ha otorgado con dinero público.

Donativos a las televisoras, transferencias a firmas privadas, un regalito que mandó hacer para entregarle al Papa en El Vaticano y gratificaciones varias a fundaciones identificadas con grupos católicos, son parte del derroche del cual se ufana el gobernador de Jalisco. Se trata de 420 millones de pesos hasta fines de abril. El reportero Alejandro Almazán hizo el detallado recuento de esos gastos en la edición más reciente de la revista emeequis.

A quienes han cuestionado la discrecionalidad con que gasta dinero que no es suyo, sino de los ciudadanos, el gobernador González Márquez respondió el 23 de abril con la ordinariez que ha sido profusamente comentada en todo el país. Las mentadas de madre le han sido revertidas por muchos de sus conciudadanos en diversos actos públicos realizados para reclamarle no sólo por lenguaraz, sino por abusar de su cargo al frente del gobierno jalisciense.

También debido a la presunción de uso inadecuado de recursos públicos los donativos del gobernador, especialmente los 90 millones de pesos que prometió al llamado Santuario de los Mártires, han sido causa de una averiguación que la Cámara de Diputados solicitó, por unanimidad, la semana pasada. Esa indagación, que les fue requerida a las secretarías de Gobernación y de la Función Pública, tiene sustento en la normatividad para el ejercicio de recursos a cargo de los gobiernos estatales y, además, en la legislación para las corporaciones eclesiásticas.

Aunque dice que es para alentar al turismo, el donativo de 90 millones de pesos estará destinado a respaldar la construcción de un recinto religioso (“el más grande de América Latina”, se ufana la jerarquía de la iglesia católica en Jalisco) en el cerro del Tesoro, cerca de la capital tapatía. Quizá al gobernador González Márquez y a quienes con tanto fanatismo como el suyo defienden esa donación les resultaría útil atender al artículo 3 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público expedida en 1992:

El Estado mexicano es laico. El mismo ejercerá su autoridad sobre toda manifestación religiosa, individual o colectiva, sólo en lo relativo a la observancia de las leyes, conservación del orden y la moral públicos y la tutela de derechos de terceros. El Estado no podrá establecer ningún tipo de preferencia o privilegio en favor de religión alguna. Tampoco a favor o en contra de ninguna iglesia ni agrupación religiosa”.

Evidentemente la entrega de una suma de dinero, del monto que fuese pero especialmente si asciende a la cantidad que González Márquez autorizó para sus amigos de la Diócesis de Guadalajara, constituye un gesto de favoritismo. Cualquier otra corporación eclesiástica podría considerarse con derecho a recibir un regalito similar para no padecer discriminación por parte del gobernador de Jalisco.

Con ese donativo, González Márquez confirma la subordinación que tiene respecto del cardenal Juan Sandoval Íñiguez, el jactancioso patriarca de la iglesia católica en Jalisco. La proclividad de ese personaje para lucrar políticamente con el falseamiento de asuntos públicos se ha confirmado con las versiones distorsionadas que ha propalado acerca del asesinato de su antecesor, el arzobispo Juan Jesús Posadas Ocampo.

Así también, la construcción del llamado Santuario de los Mártires dista de ser un proyecto para favorecer al turismo en Jalisco. Se trata de una obra para respaldar a los segmentos más conservadores de la iglesia católica. Es decir, el gobernador González Márquez no solamente ha transgredido la Ley de Asociaciones Religiosas al destinar dinero público a una corporación eclesiástica. Además apoya, con recursos del Estado, a una de las facciones más retardatarias de la iglesia católica. Eso es jugar con fuego.

Los mártires a los que se pretende recordar con el presunto santuario no se distinguieron por sus obras piadosas, ni por contribución alguna a la doctrina de la iglesia católica. Se trata de fieles que se alzaron en armas contra el Estado mexicano con motivo de las restricciones al ejercicio de los ritos religiosos que impuso el gobierno de Calles a fines de los años 20 del siglo pasado.

El encono entre defensores y antagonistas de la iglesia católica constituyó una fase de auténticos desgarramientos en la sociedad mexicana hace ocho décadas. En ambas partes de ese diferendo hubo fanatismo y excesos, en ocasiones de notable violencia y arbitrariedad. Con la construcción del Santuario en Tlaquepaque el clero de Jalisco reanima esas discrepancias y lo hace de la peor manera, exaltando a personajes respecto de los cuales existen juicios históricos bastante contradictorios.

Los llamados mártires de Jalisco fueron víctimas pero, antes que nada, corresponsables de la conflagración social y política que anidó en ese y otros estados en los años de la guerra cristera. Entre la docena de militantes católicos que recientemente fueron beatificados y en cuyo honor se quiere erigir el nuevo monumento, destacan José Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza. El primero de ellos apuntaló en Jalisco uno de los bastiones más intolerantes y –literalmente– belicosos de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa. Gómez Loza lo respaldó y según diversos testimonios participó en acciones de violencia como el asalto, el 19 de abril de 1927, al ferrocarril que iba a la ciudad de México.

La historiadora Laura Campos Jiménez, en su libro Los nuevos beatos cristeros. Crónica de una guerra santa en México, relata que Gómez Loza respaldó a los sacerdotes José Reyes Vega, Jesús Angulo y Aristeo Pedroza así como al guerrillero Victoriano Ramírez, apodado “El Catorce”, que descarrilaron el tren a 7 kilómetros de La Barca, en Jalisco.

Al día siguiente, 20 de abril de 1927, El Universal Gráfico reseñó: “El criminal acto que hizo víctimas no sólo a la escolta, que se batió heroicamente, sino a una parte del pasaje, fue consumado por la gavilla capitaneada por los curas Vega, Pedroza y Angulo, el licenciado Loza y el cabecilla apodado ‘El Catorce’. La escolta sucumbió ante la superioridad numérica de los levantados y la fiereza de estos que hizo víctimas, en forma espantosa y con una crueldad subleva, a una parte del pasaje”.

Campos Jiménez explica: “La gavilla de cristeros que llevó a cabo este salvaje atraco, tuvo conocimiento de primera mano a través de Miguel Gómez Loza (ahora beato) que la sucursal Guadalajara del Banco de México, enviaría por ferrocarril una importante suma de dinero a México el citado 19 de abril, el cual habrían de asaltar y hurtar”.

Allí mismo se transcribe el testimonio del miliciano cristero Luis Rivero del Val: “Los cristeros se apostaron bien parapetados en ambos lados de la vía, dominando el convoy. El destacamento a cuyo cuidado iban los pertrechos se diseminó por todos los carros y ocupó las ventanillas, desde las cuales hicieron fuego incesantemente, sin importarles la seguridad del pasaje, el cual tirado contra el piso de los mismos carros, quedó expuesto a las balas de los atacantes. El combate duró casi tres horas, hasta que sucumbió el último hombre de la escolta, que dicho sea en su honor, se portó con fiera valentía. Una vez dominada la situación subieron los rebeldes al tren, se apoderaron de las armas, pertrechos y dinero que en él se conducían… posteriormente regaron los carros con el combustible de la máquina y les prendieron fuego”.

Lo hicieron con todo y muchos de sus ocupantes. El Universal Gráfico del 21 de abril informó: “Subieron los rebeldes sin escuchar a las mujeres que pedían piedad. Bajaron del tren los pasajeros que pudieron hacerlo, pero se quedaron los niños y heridos. Los asaltantes, sin miramiento alguno, regaron de chapopote los carros y les prendieron fuego, consumiéndose por completo y oyéndose en medio de la hoguera los gritos de quienes se quemaban vivos”.

La investigación de Campos Jiménez ofrece otros ejemplos de la saña de quienes luego serían beatificados por la iglesia católica. Seguramente de la otra parte también hubo excesos. Así fue, deplorable y absurdamente, la guerra cristera.

Esas cenizas son las que remueve el “santuario” de Sandoval Íñiguez. Esos abusos de los cristeros en Jalisco son los que respalda el gobernador Emilio González Márquez. El gobernador de Jalisco no solamente utiliza dinero público para respaldar una causa particular. Además a esa causa la singularizan la división y el odio entre los mexicanos.

trejoraul@gmail.com

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Macrolimosma


La Jornada. 8 de abril de 2008

Por Pedro Miguel

Algo sobre las magnas narcolimosnas que recibe el clero católico ha brotado a la luz pública en días recientes. También se supo de macrolimosnas con cargo al dinero de todos: el gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, dispuso de 90 millones del erario para construir un “Santuario de los Mártires”, que es tributo a la memoria de los líderes cristeros beatificados en 2005. No le pareció necesario explicar su decisión: fue porque sí, porque para algo es gobernador, porque le salió del forro de sus devociones. Con ello se ganó la bendición de Juan Sandoval Íñiguez y el rechazo de muchos de sus gobernados. Las razones para oponerse a semejante abuso están sistematizadas en la queja interpuesta el pasado 30 de marzo ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) por la historiadora Laura Campos Jiménez.

Entre las razones de índole legal que fundamentan su queja, Campos Jiménez señala que el mandatario estatal quebrantó la Constitución, en la que se establece el carácter laico del Estado mexicano, y la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público (LARCP), en cuyo artículo 25 se asienta: “El Estado mexicano [...] no podrá establecer ningún tipo de preferencia o privilegio a favor de religión alguna. Tampoco a favor o en contra de ninguna iglesia o agrupación religiosa”. En su artículo 6, la ley referida dice que “las asociaciones religiosas son iguales ante la ley en derechos y obligaciones”, por lo que el abierto proselitismo de González Márquez a favor de la jerarquía eclesiástica católica, señala la historiadora, “es una forma grotesca de discriminación”.

Adicionalmente, Campos Jiménez fundamenta su queja con un argumento de índole moral: “No es válido ni ético que por regalar dinero a una asociación religiosa el gobierno de Jalisco deje de lado rubros que son apremiantes para los ciudadanos, principalmente los de bajos recursos”. Entre las urgencias sociales no atendidas, menciona los créditos para productores agropecuarios, la protección civil, el saneamiento de la zona metropolitana de Guadalajara, el trasvase y limpieza del río Santiago, los rezagos educativos, el desabasto de medicinas en hospitales públicos, la restructuración del transporte público, la creación de planteles de educación media superior. Para ésas no hay dinero.

Por otra parte, la queja se refiere a asuntos históricos para impugnar el donativo. “El santuario cristero busca honrar a personajes que [...] lucharon contra el Estado laico. Por ejemplo, Anacleto González Flores (1888-1927), uno de los pretendidos mártires que se venerará en el santuario [...] llamaba a la escuela laica un ‘extremo de ignominia, de decaimiento y de postración’ a la que debían oponerse los padres de familia’ [...] También fue enemigo de la democracia, de la que afirmó: ‘La quiebra de valores humanos provocada, alimentada, producida por la democracia contemporánea es evidente’.”

El escrito presentado por Laura Campos Jiménez a la CEDH enumera muchas otras contravenciones de González Márquez al principio de separación entre las iglesias y el Estado, y demanda que el gobernador devuelva el donativo realizado al Arzobispado de Guadalajara, que se establezca en la entidad una subsecretaría de Asuntos Religiosos “conformada por un equipo ciudadano, plural y multidisciplinario, y que sea la encargada de vigilar y denunciar a las instancias correspondientes todo tipo de abusos en esta materia”, y “que la asistencia social que el gobierno está obligado a proporcionar a la población siga siendo canalizada por medio de sus propias instancias y no a través de organismos apéndices de asociaciones religiosas”.

La demanda es correcta. Si González Márquez quiere salvar su alma, que lo haga con dinero de su propio bolsillo, no con recursos de los contribuyentes. Éstos lo pedirán así el viernes próximo, a las cinco de la tarde, en una marcha que irá de la Normal a la Plaza de Armas de Guadalajara. Ojalá que sean muchos.

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